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  • La descripci n arquitect nica de la quinta

    2019-06-12

    La descripción arquitectónica de la quinta es heterogénea, extensa, precisa, sugerente, sin duda uno de los pasajes en El fistol del diablo más revisados y pulidos por Payno, con la totalidad de la novela en mente, por lo tanto pleno de simbolismo histórico-cultural y de presagios. Por principio, el “castillo” es un juego tropológico de semejanzas, ya por representar Castilla, ya por sugerir “lo antiguo y lo moderno” de un lugar sitiado —ya sea Tenochtitlán, el Alamo, o la ciudad de México—, sincronía temporal acentuada por los “tres escalones” que se interpretan como imagen de la historia de México: el mesoamericano, la colonia, y el México independiente en transición ret pathway la modernidad. El lector se siente ante un panorama histórico de obvios entrecruces globales: España también tiene sus “escalones” culturales, los que incluyen el musulmán (Alcázar de Sevilla), tan próximo al México antiguo que de nuevo se representa como la parte central de la quinta, otro axis mundi, ombligo cósmico que es un “macetón colosal” con sus múltiples serpientes (en clara relación simétrica con Coatlicue), y con su nopalillo de flores rojas, por lo tanto de correspondencias semánticas con Tenochtitlan: el lugar de las tunas, o en sentido figurado: sitio de fundación de la ciudad azteca, con las “rojas fores” como reducción simbólica de corazones, ofrendas, sacrificios. La idea que se deduce de este tipo de representación no equivale a un “mestizaje” o fusión de culturas, ideología asociada con el nacionalismo mexicano del siglo xx. El nacionalismo de Payno es distinto: no propone una fusión, sino la conciencia de varias herencias culturales e históricas que le pertenecen al México moderno. Tal conciencia y tal “castillo” son asediados por los Estados Unidos, transformando a la quinta en otro Tenochtitlan y, por antonomasia, en otro lugar de devastación. Citemos, aunque sea en parte, la oración que concluye este capítulo: “Sentado cualquiera debajo de los majestuosos fresnos […] imposible que creyese que la discordia, la matanza, el robo y la miseria se cernían a poca distancia sobre los habitantes del valle de México” (2000b: 418). Dentro del largo argumento de la novela, este capítulo constituye el centro ideológico del stretto (capítulos XXXVII-XLI), presagiando el desenlace trágico en la edición de 1887. A partir de este capítulo comienzan “las veladas” en la quinta, con sus referencias a oxytocin la peste en Florencia, El Decamerón de Boccaccio, y la implícita asociación con ciudades sitiadas, ora por la plaga, ora por un ejército invasor. Como centro ideológico “Un paseo en la Quinta de Teresa” es un capítulo que plantea una topografía simbólica de otro orden, a saber: la idea de un paraíso perdido, de una inocencia mancillada, condición representada de acuerdo a la oposición conflictiva entre la ciudad y el campo, la corrupción metropolitana contra la sencillez campestre, el mal contra el bien, la vida del fiel pastor (Pastor Fido) en oposición a la del hombre de ciudad, traidor en relación a todo valor humano. Tal actitud “pastoril” quizás sea generacional, ante todo entre veteranos de guerra; en todo caso, una actitud similar aparece como centro definidor en La navidad en las montañas, de Altamirano, novela breve cuya descripción de una vida apacible y en armonía con la naturaleza humana es representada por el hermano cura y los pastores que lo rodean con cariño y gratitud. En Payno, creemos que es precisamente en tal actitud de ironía y sátira donde se ilumina el sentido del seudónimo “Pastor Fido” (el pastor fiel) adoptado por Payno en su introducción a El fistol del diablo. Quizás de acuerdo con problemas sicológicos que afligen con frecuencia a veteranos de guerra, o por razones estéticas, Payno no describe en forma directa la batalla de Churubusco en la que él participó, sino de soslayo, a la distancia, con frecuencia desde el punto de vista de otra persona, por ejemplo, Juan Bolao, un personaje secundario pero sencillo y honrado. El capítulo dedicado a la batalla de Churubusco (LIX), se interpola entre las siete previas veladas en la Quinta de San Jacinto y la octava, con la cual termina el argumento en forma de catástrofe más que como resolución. Encausado en vías del desenlace trágico de la novela, este capítulo —a pesar de su título— no describe tal batalla de Churubusco con precisión y detalles, y si hay indicios de ella es como en un panorama: un batallón mexicano “sin artillería ni parque”, “las compañías llamadas de San Patricio”, “lanzas, sables y cascos de la caballería relucían a lo lejos”, imágenes que culminan en el párrafo final del capítulo: