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    2019-05-15


    Hacia finales de los años ochenta y en el contexto norteamericano, la gran mayoría de las personas que se incluían en la naciente “cultura gay” —habiéndose apropiado previamente de ese término para autodenominarse contra el patologizante apócope de homosexual— eran varones blancos, pequeños burgueses y liberales de clase media y alta. Por lo tanto, diversos colectivos de (mujeres) lesbianas latinas, negras, incluso hombres marginados por no encajar en el prototipo gay, así como aquellas personas con prácticas sexuales distintas cetrimonium bromide las aceptadas entre dos varones gays, rechazaron esa nominación para autodenominarse como queer, término que también tiene un origen peyorativo, pero que fue luego resignificado. Es decir, ya no sólo se reivindicaba con este término una discordancia heteronormativa, sino que se incluían las variables de la etnia, la clase social, las ideologías políticas e incluso la religión. Desde sus comienzos, el movimiento queer ha reivindicado una identidad de antimasificación, un antipensamiento straight, como lo ha desarrollado Monique Wittig en su obra más conocida, El pensamiento heterosexual, que las culturas gays y lésbicas habrían contribuido a desarrollar. Afirmarse queer supone ir no sólo contra el binarismo héetero(cis)normativo, sino también posicionarse contra el ideal gay ligado al capitalismo, al consumo y a un mercado específico abierto para ese público en distintas ciudades del mundo. Tal como menciona David Halperin, La ligazón de la gaycidad al capitalismo y al consumo es ilustrada por Halperin del siguiente modo: La descripción que realiza el norteamericano sobre la gaycidad bien podría caberle a cetrimonium bromide la población argentina descendiente de europeos (de Buenos Aires y principales ciudades del Cono Sur) de clases media y alta. Es por eso que “lo interesante de lo queer es [...] la reacción a la carrera institucionalizante y mercantil del movimiento gay”. Si “lo gay” puede separarse de “lo homosexual”, como indica Halperin, es clave destacar también, como sostiene Leo Bersani, que la generosa definición de queer ubica a todas las resistencias minoritarias bajo un mismo significante, aligerando el referente homosexual del término. Si bien este autor destaca lo positivo de dar ese paso universalizador, plantea también que lo queer invisibiliza la especificidad sexual de la resistencia. Como señala Flavio Rapisardi, “no existe para los críticos queer una pura diferencia homosexual, sino que constituye una característica diferencial en relación contingente con otras”. La política queer busca poner en acto las disidencias sexuales en coalición con otras en la lucha democrática; articular los discursos y prácticas gays y lesbianas en relación con el género, la raza, la clase y demás variables. Resulta pertinente en este momento ubicar un punto importante, tal como lo hace la investigadora Leticia Sabsay, para entender los planteamientos fundamentales del movimiento queer.
    Persecución de la disidencia sexual Tanto el movimiento gay como el queer surgen en Estados Unidos, por lo que resulta necesario referirnos primero, y muy resumidamente, al contexto de su surgimiento en esas coordenadas geopolíticas para después analizar sus resonancias y conexiones en el marco argentino. Desde siempre, como indica Carlos Figari, “los sodomitas, los homosexuales, los invertidos y las tribadistas, sedimentaron espacios, trayectorias y prácticas de resistencia y vivencia a kinetochores partir de lo artístico, de lo lúdico, lo corporal y lo cotidiano”. Pero fue recién a mediados del siglo xx cuando comienzan a hacerse visibles ciertas experiencias de socialización entre personas de sexualidades distintas a la hegemónica. Estas agrupaciones aún no se posicionaban desde una política de visibilidad en un contexto extremadamente hostil signado por la represión sexual y la homofobia imperante. Las diversas manifestaciones de estudiantes, trabajadores e intelectuales que ocurrieron en distintos lugares del mundo en la década de los sesenta, sumadas a las protestas que se produjeron en represalia de la redada policial que en 1969 se llevó a cabo contra diversas personas identificadas con sexualidades no hegemónicas en el bar Stonewall Inn, ubicado en el barrio neoyorquino de Greenwich Village, abrieron el terreno para que surgieran diferentes grupos con tintes más políticos. Stonewall significó el inicio de una acelerada autoorganización de la subcultura gay, lésbica, trans, travesti...