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    2019-05-14


    Aunque resulte difícil creerlo, la primera incursión de Octavio Paz hacia el sur de América data de 1955, pero la aventura no lo llevó más allá de la isla de Santo Domingo, es decir, prácticamente a la misma latitud del Yucatán mexicano. Solo hasta abril de 1985 visitó por primera vez Argentina, invitado por el periódico , y participó en una Semana Cultural junto con Jorge Luis Borges, Mario Vargas Llosa y José Bianco. El viaje prosiguió hasta Brasil y Uruguay, pero Chile estuvo excluido del periplo a causa de la permanencia del general Pinochet en el poder, una presencia más disuasiva para el Nobel que el dios mexica Huitzilopochtli. A pesar de que nunca pisó tierra chilena, cultivó con los poetas de Chile una apasionada y prolongada relación que literalmente se detuvo el día de su muerte, el 19 de abril de 1998. “Yo he influenza m2 protein tenido suerte con los poetas chilenos”, escribió Octavio Paz en un texto motivado por el centenario de Gabriela Mistral (“El pan, la sal y la piedra: Gabriela Mistral”, en 1993c: 172). En efecto, conoció sucesivas temporadas de encantamiento con Vicente Huidobro, Pablo Neruda, Gabriela Mistral, Gonzalo Rojas y el pintor Roberto Matta; los conoció a todos y, recíprocamente, ellos le manifestaron estima y afecto en distintos grados. A cada uno de estos nombres corresponde una época y una batalla de Octavio Paz para fijar su poética y situarse en la Historia del continente. Hay que decirlo de entrada: la “suerte” a la cual alude, también entraña un ominoso revés que culminó con un episodio pirotécnico cuando dos de los volcanes de la poesía en lengua española hicieron erupción en cada extremo de la América Latina. No obstante su desconocimiento físico del país, bajo su pluma, el paisaje de Chile se hace presente cuando trata de imaginar de dónde surge la poesía de Gabriela Mistral, a quien concibe bajo la especie de una gran madre continental, como si Chile atesorara las mismas diosas cautivadoras y terribles del México prehispánico: “La poesía de Gabriela Mistral es un manantial que brota entre rocas adustas en un alto paisaje frío pero calentado por un sol poderoso” (172). Al igual que otros jóvenes poetas de Hispanoamérica, Octavio Paz había mandado a la Nobel su libro (1949) y, al igual que casi todos, había recibido, a vuelta de correo, unas líneas entusiastas y generosas. La había conocido en París, en 1946, y durante una conversación, ella lo previno sobre los peligros del cosmopolitismo. Una advertencia inesperada de parte de quien llevó una vida de nómada fuera de su país natal. Pero su mayor virtud poética, recalca Octavio Paz, consiste precisamente en no haber olvidado nunca su sabor nativo. A esta fidelidad se suma su apartamiento de las aventuras estéticas de su tiempo, así como de las disputas ideológicas que tergiversaron los genuinos debates poéticos. A su juicio, la chilena podría equipararse con Alfonso Reyes y Ramón López Velarde por la continuidad y la renovación que aportaron al Modernismo, sin participar ya del movimiento encabezado por Rubén Darío. Otra de las virtudes de la poesía mistraliana es la presencia de la prosa en el verso. Puntualiza Paz: “En ciertos momentos privilegiados, sin cesar de ser música verbal, el verso adquiere una densidad que lo lleva no a ginkgos disiparse en el aire sino a caer, con una suerte de hermosa fatalidad, para enterrarse y fructificar. Es la ley de la gravedad espiritual de la poesía” (175). En el texto “El pan, la sal y la piedra: Gabriela Mistral” que escribió en 1988, en ocasión del centenario de su nacimiento, Octavio Paz lamenta el olvido que castiga la obra de la chilena: “Hoy se lee poco a Gabriela Mistral: su obra no padece en el purgatorio de la literatura sino en su limbo. Este olvido es un signo, uno más, de la frágil memoria histórica de los hispanoamericanos […] Olvidarla es olvidar una de nuestras fuentes. Más que una falta de cultura es un pecado espiritual”. La denomina “la poetisa de los misterios cotidianos”, cuya voz le evoca otro paisaje que nunca vio: la piedra alzada sobre el trasfondo de la cordillera, que constituye la lápida de Gabriela Mistral en Montegrande. Para cualquiera que haya visitado esta tumba digna y adusta, resultan elocuentes las líneas del mexicano: “Sobria y apasionada, su voz tiene una tonalidad religiosa, incluso cuando habla de asuntos profanos. […] En Gabriela Mistral hay ecos inconfundibles de la Biblia, una voz que echo de menos en casi toda nuestra poesía moderna. Dije: voz viril; agrego ahora: voz de varona, voz de Judith o de Esther. Profunda y poderosa voz de montaña mujeril” (173). Pese a esta reivindicación, la de Gabriela Mistral es una voz poco presente en la poesía y las inquietudes de Paz. Fuera de este texto que se antoja más justiciero que íntimo, no hay huella perceptible de una eventual influencia de Gabriela Mistral en la tonalidad paciana. En cambio, el fantasma nerudiano recorre más de un verso del joven Paz quien, a la par de casi todos los poetas de su generación en Hispanoamérica, difícilmente se sustrajo al sortilegio avasallador del autor de .